CLÍNICA DEL AUSTISMO INFANTIL

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Por Marita Manzotti

Es común hallar en los textos psicológicos asociado al autismo el término enigmático, esta característica esencial queda articulada al del desconocimiento de un saber sobre una realidad suspendida de toda regularidad, imposible de nominar bajo una especificidad.
El psicoanálisis se ocupa de lo que la ciencia excluye, en el caso que nos ocupa: la presencia de un sujeto en el autista, que tanto para la psiquiatría y la psicología queda cristalizado en la posición de autómata o conductista y dentro de un orden discursivo cuyas consecuencias terapéuticas son una serie de prácticas y técnicas del orden de la corrección de un déficit o la restitución de un vínculo perdido o malogrado.
La hipótesis que venimos desarrollando –en los últimos quince años dedicados a la investigación clínica desde el psicoanálisis de orientación lacaniana con estos niños– es que el discurso científico-médico los ubica recortados en la dirección de máximo consentimiento del niño al mínimo requerimiento de implicación.

El significante “autismo”, articulado etiológicamente a las tesis de déficit o de la defensa, los sostiene, desde la intervención clínica, segregados al considerarlos como objetos a ser domesticados y no requeridos en tanto sujetos.
Al considerar, desde el psicoanálisis, al niño autista, en la vertiente de los trastornos de la subjetivación, sostenemos que, en tanto la estructura “no se concibe sin decisión”, hay en estos niños una insondable decisión del ser de no ceder al significante, mantener al Otro al margen y hacer de la lengua una lengua muerta.

EL MÁS ALLÁ DE LA CONDUCTA

Se trata de un niño de pocos años que presentaba serias dificultades desde pequeño, y que limitaba su producción a la reiteración de ciertos recorridos, que en el Instante de ver caracterizamos: en el cuerpo (saltando y corriendo, con torpeza, deformando la mandíbula, gesticulando risas o llantos, golpeándolo con distintos objetos), en la mirada (evitativa y en permanente desvío, incluso poniéndose bizco), en la voz (repitiendo ecolálicamente frases, cambiando los tonos de las mismas frases, reproduciendo canciones, desapegado al sentido) con los objetos (usándolos solo como caja de resonancia para acercárselos al oído y alterar los ritmos producidos) y con los otros (ignorándolos, salvo si se le daban órdenes o imperativos con tonos de voz fuerte y entonces si respondía corporalmente).

¿A qué nos confronta un niño con esta presentación, cuando de la cura psicoanalítica se trata? En principio nos conduce a poner el acento en la incidencia que tiene lalangue sobre el cuerpo. Si consideramos que en el autismo habría una suerte de desestimación a la afectación del trauma, una insondable decisión del ser a no quedar afectados por la marca de lalangue que orada el cuerpo, una falta de consentimiento puesta de manifiesto en el intento de desengancharse de las consecuencias traumáticas de la misma, pensamos que en estos niños se producen alteraciones o particularidades en la operación de corporización.
Su cuerpo no está agujereado, hay en él un exceso de goce presente en toda la fenomenología corporal que permite pensar la continuidad entre los tres registros.
En estos niños lo imaginario queda desarticulado, y lo simbólico, dado el rechazo radical que opera en torno al mismo, no incide en el recorte y vaciado de goce del cuerpo, verificándose así una perturbación del cuerpo que no hace “síntoma”, esto es, que no corporiza.

Por otro lado la falta de consentimiento, que queda puesta de manifiesto en el intento de desengancharse de las consecuencias traumáticas de lalangue, deja a estos sujetos fuera de todo lazo social, es decir, fuera de discurso.
Desde esta posición, que se diferencia radicalmente de la tan extendida “terapéutica cognitivo conductual” (adiestramiento de conducta), es que nos vemos conducidos a sostener desde la práctica del psicoanálisis, dispositivos de investigación clínica que posibiliten “hacer lugar”1 a la producción de cada niño.
El punto crucial es que la ciencia sólo se fía de la “causalidad efectiva real”, tendiendo cada vez más a producir un borramiento de la subjetividad. La posibilidad ilusoria que pueda encontrarse esa verdad formal que aún no se ha encontrado, le permite encarnar el discurso amo y producir un efecto de verosimilitud.

Esta posición se puede reconocer en los desarrollos de las investigaciones de las alteraciones de la teoría de la mente, que a partir del empuje a la universalización, rescatan y sistematizan los potenciales individuales, ya sea en el handicap o en las funciones conservadas del desarrollo, al mismo tiempo que anulan las “particularidades subjetivas” al borrar a los sujetos de la enunciación, y al no reconocer las diferencias entre los sujetos, considerando solo los rasgos que los vuelven idénticos.2
Estas corrientes “científicas”, se proponen sistematizar las deficiencias individuales y al hacerlo no es sin producir ese resto que obstaculiza el avance del programa: el sujeto, el que molesta, el que irrumpe y perturba.
Todo lo que exceda su lugar de defectuoso, de minusválido se torna resto secundario y desvía de la ruta que posibilita el bien hacer con el niño y por el niño. Él ocupa el lugar del objeto pasivo sobre el que se implementa la operatoria. Es desde esa posición desde donde no hay margen para ninguna apuesta.

Al no diferenciar el sujeto del individuo, son la conciencia y sus operaciones el eje del abordaje terapéutico3, el niño posee funciones alteradas y esa respuesta obtura cualquier espera. Hay en esta posición una clausura, un borramiento a cualquier producción que singularice la posición de ese niño en su relación al Otro.
¿Qué particulariza la experiencia analítica? El verdadero hilo de Ariadna, el que nos guía, y que no se constituye en un patrón de conjunto, es que hay a partir del deseo del analista un punto de suprema complicidad abierto a la sorpresa, en lo inesperado.
Lacan articula el deseo del analista como una posición frente a lo inesperado alrededor del campo de la espera: “Lo inesperado no el riesgo. Uno se prepara para lo inesperado. ¿Qué es lo inesperado sino lo que se revela como espera ya esperada, pero solo cuando llega?”4.

El psicoanalista tiene el trabajo de ligar de manera estrecha el método de investigación del sujeto del que se trate, la intervención terapéutica y la sistematización conceptual.
Si no se trata solamente de señalar que dejan por fuera los desarrollos de la ciencia, el trabajo del que debemos dar cuenta es: cúal es la oferta que realizamos, a quién y de qué manera implica al sujeto en juego, sin perder de vista qué lógica nos permiten trazar los cálculos, las maniobras y las estrategias que posibilitan dirigir la cura.
El punto de partida al que nos vemos confrontados será, entonces, articular en estos niños la presencia de un sujeto en el punto más problemático: el de la elección, y los efectos que ella produce en la correlación del sujeto con el goce.

EL DISPOSITIVO SOPORTE

El dispositivo a implementar cobrará entonces, la función de un topos, (un espacio en que se dispone de un orden para que las cosas encuentren la manera de cumplir una misión) y a la vez, un soporte (como mecanismo dispuesto a sostener un eje en movimiento) que no trabe ni obstaculice el singular trabajo que ese sujeto realiza al soportar el no poder articular nada del orden del juicio, en tanto no muerden el anzuelo de la justicia distributiva. Será un dispositivo que permita desplegar la propia producción que realiza sosteniendo su propia posición de trabajo al respetar su elección, y que habilite por una vía distinta al forzamiento, un proceso de ampliación de los recursos y el potencial que poseen.

Su propia presentación será leída no como evidencia inmediata sino como precipitado de una observación minuciosa de los puntos de rechazo, aceptación, los momentos en que estos se producen, y las modalidades que cobran.
Siguiendo los destinos pulsionales de transformación en lo contrario, y vuelta contra sí mismo, las maniobras que vamos realizando en este primer tiempo se sostendrán a partir de inversiones (activo-pasivo), mimetismo, alteraciones de forma y distancia, transformaciones en la intensidad de las manifestaciones, siempre realizadas sobre lo que caracteriza su propio despliegue, a la manera de lo que Freud llamaba representaciones expectativas.
Este primer tiempo del dispositivo soporte (Instante de ver) no puede desarrollarse sin tener en cuenta la necesariedad del sostenimiento de un tiempo de alojamiento de la producción del niño y de la observación activa de los terapeutas.
De lo que se trata es de hacer tolerable nuestra presencia, no cobrar el valor de insoportable que lo envíe hacía una irrupción de aislamiento o violencia, sino más bien a generar un lento pero sostenido consentimiento a entrar en juego: disponerse a “subir a la palestra”.

J. A. Miller despliega en su recorrido por el estudio de Freud sobre el chiste, la condición de similaridad, (el Otro tiene cierto parecido, comparte las mismas inhibiciones5), para que pueda generar atención del otro y obtener la eficacia buscada.
El éxito, entonces, exige cierto dominio de la atención del otro al que se trata de sorprender y supone toda una estrategia de dominio para que desde la simpleza de la intervención se logre convocar su atención por la vía de cierto engaño y la propuesta de técnicas de enigma, tal como plantea Freud.
El Instante de ver supone entonces un tiempo no pautado, en el que se puede ir aproximando a la formulación lógica de “se sabe que”, produciendo una confianza a partir de la condición de similaridad, que haga posible en un tiempo posterior articular una espera anticipada que sorprenda al sujeto en cuestión.

TIEMPO DE COMPRENDER

El instante de ver llega a su conclusión con la localización del detalle. En un espacio en el que todo el equipo de terapeutas se reúne y que ha sido nominado hipotetómetro: es donde, a partir del relato de la observación de las distintas características que presenta cada niño, organizadas por cinco articuladores: la voz, la mirada, el cuerpo, el tratamiento de los objetos y de los cuerpos, se va a formular la hipótesis anticipada del punto de localización, en tanto lugar de espera en el que el sujeto no calcula el encuentro.
Es esta operatoria de localización del sujeto en un detalle que hace signo de su ser, captar el detalle (a ser leído) que hace signo de la singularidad en juego, de su saber hacer con lo real del goce (sínthoma).
El detalle, residuo de la observación, en tanto recuerda el orden de las cosas, nos permite constituir en él, la hipótesis de la presencia de un sujeto en su cálculo, que no es sin el Otro. Ese detalle se despliega sin que el sujeto se reconozca ahí, pero se ejecutan de manera característica y repetida, son detalles que permiten al ser deducidos de la observación minuciosa, textualizar, nominar una hipótesis que nos orientará en una espera anticipada del encuentro con ese sujeto. Se trata de un texto que puede permanecer callado para quien no sostiene la complicidad de la sorpresa como clave.

Es el texto, en tanto serie de proposiciones ligadas entre sí, que se articulan a partir huellas o indicios y posibilitan la producción de signos que dan cuenta de una presencia, ahí donde todas las manifestaciones indican un retiro o ausencia subjetiva.
Se produce aquí la formulación de una hipótesis explicativa sobre el sujeto. Esta enunciación en tanto texto de una hipótesis posibilita una espera anticipada y no ingenua, del efecto de sorpresa, que confirmará su autenticidad si logra conmover la respuesta del niño.

MOMENTO DE CONCLUIR

La localización (vía nominación) de ese modo de tratamiento del cuerpo, del goce y del Otro, su “autoconstrucción”, habilitan la vía de la intervención, operando un vacío que apunta a lo real en la sorpresa.
“El desviador” fue la nominación que posibilitó en el caso del niño, con el que iniciamos esta comunicación, la intervención. Una espera anticipada regida por la introducción de desvíos de mensajes, objetos, miradas, que los múltiples intervinientes en el dispositivo realizaron, produjo un detenimiento en los recorridos. Sorprendido se quedó mirando lo que pasaba y en acto comenzó a intervenir con el cuerpo y las palabras ordenando el destino de lo desviado.
En acto, el sujeto consiente al trabajo, ante lo imprevisto, lo no calculado, lo que escapaba a sus previsiones, en la sorpresa, se instaura un código común, Podríamos decir que se le pudo ganar de mano, pues hubo una partida en que la reciprocidad de las reglas posibilitó el encuentro. Por otra parte surge, a partir de este encuentro, una gran producción de otros actos que dan cuenta de un nuevo modo de regulación de goce.
Comienza a sostener la mirada ante los otros, a ponerle freno a los pedidos de la madre con la palabra, puede pedir lo que quiere “me dejas prender la computadora” y en el colegio al que asiste participa de las actividades propuestas respondiendo a consignas generales.
Este acto con consecuencias dejó a la vista su cálculo. La eficacia del psicoanálisis, a partir de la espera anticipada y que produce en acto el consentimiento del sujeto, pone en juego una orientación del goce y lo implica en una producción que no es sin su propia decisión.

Una vez verificada la hipótesis en este despertar que se produce por efecto de la sorpresa, se instaura nuevamente el Instante de ver, alojando su nueva producción.
El efecto de sorpresa, ya implica un encuentro con algo no calculado que perturba la estrategia defensiva en el mismo territorio en el que surge, y la invención queda nuevamente de su lado.
La intervención analítica en sí misma puede producir un encuentro tal que funde este acontecimiento, lo que autoriza a concebir al analista y a su posición, situada en el lugar del trauma en tanto que su intervención “sirva” a la afectación corporal que implica cierto consentimiento al lugar del Otro y una nueva respuesta frente al goce que no sea el estrago de la irrupción masiva en el cuerpo. Incluso allí donde el niño habrá de sostener la decisión que ha emprendido de entrada.

____________
1. M. Manzotti. Clinica del autismo Infantil. El dispositivo soporte. Ed. Grama. 2008.
2. J. Saéz, El sujeto excluido. Archipiélago, Cuadernos de Crítica de la cultura. De F. Pereña: en “Discurso y vínculo social: discurso perverso y excepción psicótica”
3. M. Manzotti y otros, “La locura infantil: los santos segregados” en La clínica frente a la segregación. Cien. Barcelona.
4. J. Lacan, “Problemas cruciales para el psicoanálisis” S. XII. Inédito. Clase 19 de mayo de 1965.
5. J .A. Miller. “Entonces: “Ssh…”, Apología de la sorpresa. Minilibros Eolia Barcelona.-Bs. As.

Fuente: IMAGO AGENDA

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Una respuesta a CLÍNICA DEL AUSTISMO INFANTIL

  1. faladomi dijo:

    Me viene muy bien la lectura de este artículo. Me dedico a la clínica infanto-juvenil y estoy trabajando la cuestión de los niños autistas, que sí hablan y en un punto aparentemente mantienen un lenguaje común, pero bajo un fondo de desconexión, donde sus frases son más del orden de la holofrase, presentándose como sujetos verbosos que parlotean. En cualquier caso, según leo en tu artículo, entiendo que la posición que se sostiene es la apuesta por el surgimiento de un Otro y de una separación del objeto y otra cuestión que me surge es ¿piensas el autismo como una estructura aparte de la psicosis?
    Un saludo
    Mi correo es: Fabiana Lifchitz (garabatoamel@yahoo.es)

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